Maxi cumplió 3

(En realidad, los cumplió hace más de dos meses, pero no había tenido tiempo de terminar de pespuntear estas ideas. Y como no quiero que queden enterradas en un cajón de mi disco duro, prefiero ponerlas al aire. “Tarde pero seguro” es mi lema, últimamente.)

Mi adorado Maxi, ya tenés tres años. Tuve tu primera foto cuando sólo eras un puñado de células apiñadas y seguís siendo igual de fotogénico. Sé que te fascina también estar del otro lado de la cámara y ver el mundo por la mirilla pero sospecho que sólo lo haces porque te lo tengo prohibido. En el fondo, me encanta verte concentrado, respirando suave, haciendo el esfuerzo de cerrar un ojo para poder ver mejor a través del hueco de la cámara, “Shh, Maxi, no hables, no respires, para que no se mueva la foto”. Y me sorprende ver que no disparas al azar; ya tenés tu especial sentido de la composición. Es una de las cosas que tenés de mí. Porque lo de rebelde, cabezón y peleador lo sacas de tu padre, obviamente.

Avanzás por la vida con cuidado y con lógica. Calculás el riesgo antes de subir un escalón y me decís “me voy a caer, capaz”; das el paso, después de que te repito dos veces que te tengo agarrado de la cintura, y al llegar arriba sonreís, triunfante. Revoltoso, amiguero, risueño y de convicciones firmes, por no decir, altamente cabezadura; tu niñera dice que sos un “viejo rezongón” y creo que es una buena definición. Sos como un viejo comodón, al que le gustan los viajes, la comida gourmet, los Ferrari, los juguetes de Apple y la buena vida; espero que la vida te brinde súbditos tan sumisos y diligentes como tu padre y yo.

No te gusta que te toquen las manos ni que te den besos y me pregunto, a veces, que hago con todos los besos que acumulé durante los siete años en que te esperé. Menos mal que aproveché a darte muchos cuando eras bebé y aún no te podías escapar. Recuerdo como me pasé el primer año de tu vida mirándote dormir en la cuna, adorándote, con la boca abierta de incredulidad y los ojos húmedos. Eras y seguís siendo un milagro.

Decidiste nacer siete semanas antes y te puedo imaginar adentro de la panza, con el ceño fruncido, diciendo “¡quiero ir afuera!! ¡AHORA!!!”. Y ahora que estás afuera, el mundo te queda chico. Es tan grande tu ansiedad por ver, hacer, saltar y meterte en cualquier verbo que signifique acción, que nunca, pero nunca, querés dormir. Y tenés razón, cuando uno duerme se apaga el mundo. Pero hay que cerrar los ojos; es una lástima que el cuerpo humano venga con esa falla. “Dormime como a Emma”, decís últimamente, y te alzo, con todos tus dieciséis kilos a cuestas y te paseo en brazos hasta que la espalda me dice “¿me estas tomando el pelo, o qué?

Mi cocinero favorito, mi ayudante en el supermercado, mi sol particular, el que me enseñó a jugar con autos y a mirar las hormigas, el que me hace reir con sus observaciones certeras y el que acuna cada día mi corazón con su sonrisa, te amo.

Mamá

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Bichos

Me gustan los animales. Menos los insectos, claro. A quién le pueden gustar las cucarachas asquerosas, los sucios mosquitos o las moscas zumbonas. Me dan miedo las serpientes y escorpiones. También debo confesar que los monos resultan algo atrevidos para mi gusto. Tolero a las ranas y lagartijas pero no soporto los gusanos y los peces me parecen aburridos. A decir verdad, sólo me gustan los gatos y algunos perros, si no se les cae mucha baba ni tienen mal aliento. Y los leopardos también, siempre que sea a través de un teleobjetivo.

En casa, que no me gusta compartir con seres no-humanos, tengo siempre a mano mata-bichos varios: mata mosquitos, cucarachas, moscas, polillas, pulgas y hormigas. Debo reconocer que, viviendo en el calor pegajoso de Miami, la guerra contra los insectos la tengo perdida; lo que no quita que gane alguna batalla que otra, de cuando en vez.

En mi rábida persecución de bichos, a veces me olvido que en casa tengo a dos atentos espectadores de mis actos (uno de ellos no es O., que a esta altura, sólo me corre para el lado que disparo). Hace unos días, mientras preparaba el desayuno y me despegaba la almohada de la cara, Maxi anuncia, con extrema emoción:

–      ¡Mamá! ¡Mirá, mirá, un gusano!!

Miro al piso de la cocina y veo un gusanito negro escondido detrás de  la pata de la silla, seguramente aterrorizado por los gritos de Maxi.

–      ¡Matalo, mamá! ¡Echale veneno!

Mmmm… Mi sueño de tener un hijo conservacionista y respetuoso de la vida se estaba desvaneciendo entre tarros de Raid. Decidí que era hora de pasar de ser madre-verduga a madre-misericordiosa y le dije:

–      Nooo, Maxi, ¿por qué lo vas a matar? Pobrecito, seguro que se perdió y su mamá lo está buscando en el pasto. Vamos a llevarlo afuera.

Y con mi mejor cara de póker, tragándome el asco con abundante saliva, agarré una palita, levanté al intruso y entre los dos lo llevamos al jardín. La verdad que el bicho apenas se movía; si se le hubiera ocurrido trepar, lo hubiera tirado con pala y todo al tarro de basura en un santiamén.

Lo dejamos en el medio del pasto y lo miramos escurrirse entre las hojas.

Con la satisfacción del educador modelo y el deber cumplido, sonreí y le dije a Maxi:

–      Ahora sí, ¡vamos a comer una tostada!

Maxi da una última mirada al sitio donde vimos al gusano por última vez, pega media vuelta hacia la casa y dice:

–      que asco…

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Dormir

No sé quien cuernos inventó la frase “dormir como un bebé”, como sinónimo de dormir mucho y bien. Seguro que era hombre, soltero y sólo había visto bebés por televisión. Déjeme decirle a usté, señor, que los bebés duermen con un sueño ligero, inconsistente y salpicado esporádicamente con llanto. Hacer dormir a un bebé es una tarea tan compleja que ha inspirado a cientos de autores a escribir desde las más prácticas a las más absurdas teorías. Ninguna sirve para nada porque lo que le funciona a un niño, no le funciona a otro y lo que le funciona al otro hoy, deja de servir mañana.

Lo que tiene de buen diente Maxi, lo tiene de mal sueño. No ha habido día de su vida en que él haya querido dormir. Excepto darle un vaso de whisky, lo hemos probado todo: cantarle, bailarle y encomendarlo al Santo del Gran Sueño. Emma, por el contrario, se parece más a la madre y agradece que la dejen en paz de vez en cuando para roncar a pierna suelta. Su punto débil: el sentido del oído.

Debo aclarar que en nuestra casa hay tres personas que tienen un oído de perro cazador y una sordita feliz. La sordita, que no es Emma, es feliz porque duerme sin importarle el tráfico, el silbato del tren o los huracanes; no le afectan los taladros, la música rap, el despertador ni las puteadas. Los de oído agudo, en cambio, viven sufriendo, bombardeados por el constante ruido de sirenas, autos, esposas y pochoclo en el cine.

Así que en mi casa, cuando un bebé duerme, me alzo en armas ante cualquiera que se le ocurra siquiera cantar una canción de cuna.

¿Cuál es una de las ocupaciones favoritas de Maxi? Despertar a Emma. A veces de manera ostentosa, digamos, por ejemplo, acercarse sigilosamente y, a dos centímetros de su oreja gritar “Taaaaaaa”. Otras, sabiendo que mi ojo vigilante y el ceño fruncido están cerca, silbando bajito y como quien no quiere la cosa, subir el volumen del televisor o jugar con la sirena de su camión de bomberos desde la habitación de al lado.

En mi mundo ideal, Emma tendría puestas orejeras cada vez que duerme. Así podría descansar YO en paz, que de eso se trata la cosa.

Y por ridícula que parezca la idea, no parezco ser la primera en pensarla.Image

Por lo pronto, voy a afilar los colmillos del dogo para apostarlo delante de su habitación…

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Opciones

Estoy empezando a desconfiar de los libros de ayuda para padres. Cuando se trata de lidiar con pequeños y a fin de evitar luchas de poder, todos, invariablemente, proponen dar opciones al retoño, proveyéndole de la ilusión de control. Algo así como “¿querés un plato de espinaca o uno de brócoli?

M – “Maxi, ¿querés ponerte las medias blancas o las azules?”

Maxi – “Ninguna

M – “Maxi, ¿querés leer un libro o hacer un rompecabezas?

Maxi – “Quiero mirar Cars

 

Bueno, nene, andá a mirar televisión mientras yo busco en el libro qué diablos te tengo que responder en estos casos.

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Ruedas

Nunca entenderé la obsesión de los hombres con las ruedas, las esferas y los tornillos. Imagino que debe ser algo impregnado en la cadena genética masculina; algo inexplicable que se viene arrastrando desde tiempos inmemoriales. Seguramente, derivado de la alegría primitiva que sintió el primer tipo que descubrió la rueda, para alegría de futuros fanáticos de la Fórmula 1. Mi hijo, Maxi, con dos años y medio, tiene una cajita de legos, algunos crayones y  aproximadamente mil quinientos treinta y dos autos de juguete, pistas, grúas, motos, trenes y películas de carreras. Es tan expresiva la cara de alegría que pone al ver ruedas nuevas que todos terminamos por regalarle una versión u otra de algún vehículo. Con autitos está aprendiendo los números, los colores, la diferencia entre mayor y menor y qué tanto llora su hermana cuando le estampa algún Hot Wheels en la cabeza. Cuando vamos a casas de amigos que sólo tienen niñas, pasa revista a los juguetes que tiene a mano y, superada la primera desilusión, termina jugando con cochecitos de muñecas o carritos de supermercado. Ruedas.

Debo admitir que su padre es muy similar. El mundo se esfuma alrededor de O. cuando está mirando un rally o leyendo una nota sobre las bondades de algún sistema nuevo de frenos. La primera vez que me dijo “mirá que lindas llantas tiene ese auto”, pensé que me estaba tomando el pelo. En la vida se me habría ocurrido que las palabras “lindas” y “llantas” pudieran compartir la misma oración. Pero más me dejo patitiesa el día que me dijo, con cara de admiración y cual si estuviera viendo pasar a Claudia Schiffer, en bikini: “¡mirá esos escapes!”. Caño de escape. Que yo mire el caño-de-escape. Habrase visto tamaña proposición. Incapaz de hacer tareas simultáneas (como todos los hombres que conozco), cuando mira una carrera de Fórmula 1, se concentra más que los propios corredores. Es el mejor momento para, por ejemplo, mostrarle el estado de cuenta de la tarjeta de crédito o hacerle firmar el traspaso de todos sus bienes.

En la calle, debe ser siempre el primero en salir cuando el semáforo se pone en verde (en Miami, eso no es muy difícil; el conductor promedio tarda unos diez minutes en darse cuenta que el semáforo ya no está en rojo y arrancar) y nadie debe hacerlo frenar, bajo ningún concepto (ni siquiera para ponerle una multa). Todo bulto es una molestia y ningún conductor sabe manejar; lanza improperios, vocifera y sueña con el día en que a casi todos les quiten el carnet de conducir. Tiene su pedazo de razón, lo reconozco; en esta ciudad, la gente maneja mientras manda mensajes de texto, come, toma café, canta, se maquilla, se afeita, habla por teléfono y mira el paisaje. Frecuentemente, todo eso a la vez. Pero si por cada gil que existe detrás de un volante, una se tiene que andar haciendo mala sangre, no hay presión arterial que aguante. Me preocupo por su salud y me repito como el ajo, diciendo siempre lo mismo “dejalo, que más te da…”

Desde que tenemos hijos debo admitir que, más de una vez, se muerde la lengua, respira hondo y sigue en su carril como si pasear en la autopista fuera un placer. Maxi mira, atento y desde el asiento trasero, todos sus movimientos. Con vivacidad narra cada cosa extraordinaria que sucede afuera “…policía, autito colgado, perro graaande, nena, quiero tortaaaaaa (Starbucks)”. Los nenes no se pierden nada.

Ayer estaba jugando, como de costumbre, con sus autitos, tirado en el piso de la habitación. “bbbrrrmmmm… bbrrrmmmmm…” Le tiene mucho cariño a Mater, la vieja y desvencijada grúa de la película Cars, así que tenía a Mater en una mano y a una Ferrari roja, que le acababan de regalar, en la otra. Aceleraba con uno, luego con el otro. En eso, la Ferrari pasa a toda velocidad por la izquierda, Maxi mira para atrás y dice:

-“ya lo pasé a ese boludo…”                                                                                  

Y sí. El pobre y oxidado Mater contra una Ferrari de estreno. Nunca tuvo chance.

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La Largada

Yo nací de clase media. Y no me refiero a esas circunscripciones socioeconómicas con la que se nos ha dado por organizarnos arbitrariamente. Hablo de una calidad más inherente a mi persona. Nunca fui hermosa, pero sigo siendo atractiva. Nunca llené mi habitación de trofeos deportivos, pero en el Camino del Inca deje atrás a unos cuantos. No soy material para ningún Premio Nobel, pero mi coeficiente intelectual me permite ganarme el pan y algún que otro salmón ahumado. No soy Borges, pero me llevo bien con las letras. Siempre estoy en ese templado círculo central donde nada es estridente ni los colores contrastan. Mi personalidad es de pasteles cálidos, no de colores primarios.

Por otra parte, el mundo virtual está saturado de palabras escritas, algunas bien enlazadas; otras, la mayoría, pidiendo a gritos que las ayuden a conjugarse.  En cualquier caso, estoy segura que ya hay palabras blancas, verdes, tristes, utópicas, ocurrentes, desmedidas, irreverentes, ávidas, alegres, provocadoras e incluso, prohibidas. Para todos los gustos.

 ¿Para qué, entonces, si no tengo la centelleante personalidad del Dalai Lama, ni existe la menor posibilidad de opacar a Octavio Paz, comenzar un nuevo blog?

 Se me ocurren varias respuestas; la primera de ellas es “porque me da la gana”; que no por arrogante, es menos veraz. La segunda es “porque me gusta escribir”. Desde que usaba trenzas, tejía historias en mi cabeza y aún ahora, las hilvano cuando manejo mi auto o mientras cuento ovejas, por las noches. Porque veo cosas que otra gente no ve (aunque se me pierdan otros detalles más evidentes) y me hago preguntas sobre cosas que mi marido da por supuestas. Para colmo, y aunque nunca dejo de sorprenderme por ello, a alguna gente le gusta escuchar mis historias. Pero por sobre todas las cosas, porque sé que escribir me va a hacer una mejor escritora. Y ser una mejor escritora me da la oportunidad, aunque sea remota, quimérica y fortuita de salir de mi clase media, aunque más no sea, por una fracción de segundo.

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